#LasPalabras: Orden (o como componer música en contra de la lógica)

Mi relación con el orden no es tan mala como las personas que me conocen quizás podrían pensar. Yo soy una persona muy ruidosa en todos los sentidos, me estreso muy fácilmente y si me pides un yesquero nunca lo voy a conseguir en mi bolso (es arrecho, se esconde cuando te lo piden). Sin embargo con el tiempo y al independizarme si no buscaba una manera de mantener el orden a mi alrededor me iba a volver más loca de lo que ya estaba. No quiero perder mucho tiempo hablando del orden porque me interesa más indagar en el desorden pero sí les puedo decir que, a pesar de la mala prensa y las reacciones de niñxs regañadxs que surgieron a partir de su éxito, Marie Kondo realmente cambió mi vida. Entender los espacios, cómo aprovecharlos y respetarlos no solo es útil en el sentido práctico (consigues todo más fácil, no tienes que amuñuñar todo, entre otras cosas) sino que también me enseñó a ser metódica y práctica en otros ámbitos de mi vida, y cuando realmente tengo el empeño y el estado mental para seguir esas metodologías que invento, todo, dentro y fuera de mí, es mil veces mejor. Así que por un lado bravo por el orden, la organización y todo aquello que nos ayude a vivir menos confundidxs y de manera más práctica.

PEEEEEEERO…

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Portada de Musiquiatria 22 EP. Muy pronto de venta en Recorland.

Hace unas semanas me comenzó a suceder la cosa más extraña. Empecé a anotar palabras y esas palabras fueron cobrando vida. Al principio eran como un bebé recién nacido, que está ahí, pero nadie sabe realmente a quién se va a parecer o cómo será en un futuro, solo sabes que es un ser consciente que respira. Ese bebé fue creciendo y se fue convirtiendo en la idea de hacer una canción, y ahí comenzó el desorden.

Estaban los títulos, solo eso. Por lo general el título aparece cuando ya la canción existe y sabes de qué se trata, pero ahora sucedió al revés, esos títulos eran un misterio, yo no sabía qué era exactamente lo que nombraban. Luego otra tarde me nació, para seguir con la analogía maternal, agarrar un arpa que llegó a mí de la manera más absurda (y es un cuento que no vale la pena por lo inverosímil que es), y que de paso no sé tocar, prender el grabador y grabar lo que sea que saliera en el momento. Surgieron ideas breves, todas con una duración exacta de 22 segundos. Melodías desafinadas, rasgueos, y momentos musicalmente agresivos. Junté todo lo que «me daba el mismo feeling» en sesiones distintas de Live, para ver qué pasaba. Por lo general las canciones no se hacen juntando pedazos de cosas que no tienen nada en común una con la otra (¿o sí?), debe existir algún tipo de coherencia, pero bueno, al parecer esta vez resultó que no. Por pura curiosidad empecé a jugar metiéndole efectos a esas grabaciones y algo tan sencillo como un reverb cambió todo el significado de lo que estaba haciendo. Ya eso era otra cosa y yo aún no entendía qué era.

Después agarré mi Groovebox (un aparato de los 90 que se merece todo un texto con miles de flores, porque es lo mejor que me ha pasado como música), y empecé a meterle baterías grabándolas a puro pulso porque obviamente las melodías y sus ritmos eran bastante irregulares. Por lo general lo que primero se hace o se graba son las baterías porque le dan sentido y marcan un tempo que los demás instrumentos deben seguir, bueno, ¿qué les puedo decir? para este momento el orden y la lógica eran lo peor que le podía pasar a todo el proceso. Después vinieron las voces, aquí la tenía un poquito más fácil porque por lo menos ya habían títulos y eso me guiaba, pero para complicarme más quise hacer las letras al momento de grabar, escuchaba el fragmento, escribía la letra, y sin pensarlo, grababa la voz, como saliera al momento. Por lo general las letras se piensan, se editan, se cambian y hay que encontrar la mejor manera de que esas letras funcionen con todo lo demás, pero…ya no les digo más nada, ustedes saben. Sobre las letras lo único que puedo decir es que es lo más desnudo y auténtico que he escrito en toda mi carrera musical.

No entiendo cómo pude hacer las cosas de esta forma, lo escribo para tratar de darle estructura, aunque nunca la tuvo. Y no la tiene, Musiquiatría 22 es un ejercicio de libertad. Es hacer todo al revés. Todo lo que había aprendido, de manera autodidacta o no, sobre hacer música, se me olvidó haciendo esto y lo que entendí fue que esta TAMBIÉN es una manera de hacer. Agarrando aquí y allá, juntando, copiando, pegando, jugando, sin esas restricciones invisibles que siempre cargamos en la cabeza. Ese EP existe, suena, está ahí, no es una masa amorfa de sonidos, a pesar de su forma aparentemente incoherente. Significa cosas, funciona de alguna manera, por lo menos para mí. Ya ustedes me dirán qué significa para ustedes cuando salga, si es que significa algo.

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