Brutalmente Honesta #1: La envidia femenina y otras relaciones malsanas

(Brutalmente Honesta es la columna no sé si semanal que sale en ninguna revista ni periódico. Un ejercicio de sincerarme con los temas más escabrosos en mi cabeza referentes a ser una mujer en este mundo)

Como si fuera poca la opresión que el machismo ejerce sobre la mujer, también tenemos que lidiar con la opresión que nos ejercemos entre nosotras. Desde la relación que tenemos con nuestras familiares, pasando por nuestras amigas y hasta las desconocidas, todas hemos sufrido de esa crueldad que muchas veces identifica las interacciones entre mujeres. Este es un tema en el que no dejo de pensar porque llevo una carga con respecto a las relaciones malsanas que he tenido con mis pares, es algo que me atormenta cada vez que pienso en mí misma como feminista porque siento que trato desesperadamente de arreglar con las manos lo que antes de tiempo desbaraté con los pies. Con esto no pretendo decir que todas las mujeres tenemos que ser las mejores amigas, caernos bien y correr en la pradera agarradas de manos (aunque suena muy bonito) y eliminar la crítica constructiva, nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo y viceversa (si es que eso tiene algún sentido). Lo que sí quiero decir es que hay mucha crítica superficial y mucho juzgar que no es necesario, que viene de una clase de instinto destructivo y egocéntrico donde siempre queremos no sólo quedar bien paradas, sino quedar como las mejores.

Empezando con mi madre, ella y yo no somos personas similares, aunque con el tiempo he adoptado ciertos ademanes y algunas de las cosas que la caracterizan, no sé desde que momento se produjo esa ruptura entre su manera de ser y la mía y todo el desaprender que hice de ella, aunque eso la mayoría de las veces no causa mayor conflicto. Lo que me hace sentir culpable es mi manera de desdeñarla, perdiendo así la posibilidad de conocer realmente la magnífica persona que es, por culpa de mis maneras «modernas» (como diría ella) de ver las cosas. No he sabido apreciar toda la sabiduría que hay en las cosas aparentemente sencillas que ella me enseña: la cocina, la limpieza, sus consejos maternos, su perspicacia para ciertos asuntos. Lo que me reconforta es saber que es una relación que aún estoy a tiempo de cultivar, así sea tarde. En nuestros momentos de peluquería, mientras me pinta, seca o corta el pelo, siento una complicidad que sólo es la de una madre.

Luego viene mi segunda gran carga, mi relación extinta con mi mejor amiga, mi compañera en un millón de vivencias que me hicieron ser quien soy. Esta parte es difícil para mí porque tengo muchísimos sentimientos encontrados al respecto, pero lo último que quiero hacer es echar culpas o lloriquear por cosas que no vienen al caso. La mejor amiga, el pilar de la vida adolescente, de las cuentas de teléfono y de todos los secretos. Creo que todos tienen distintas teorías para nuestro rompimiento, obviamente yo tengo la mía, según yo fue una mezcla entre mis crisis psicóticas y un triángulo amoroso con ambas incluidas, las dos peores cosas que pueden pasar al mismo tiempo. Esto siempre es un tema escabroso, inexplicable, raro. Super cliché, super negativo, super no aceptado socialmente que una amistad entre dos mujeres acabe por un hombre, hasta a mí me pareció siempre inaceptable, pero después de eso sí creo mucho en lo de no decir «de esta agua no beberé» porque esa es la primera que te atoras en beber. La falta de comunicación y la evasión de lo que estaba en frente a nosotras fue lo peor que nos pudo pasar. Me duele haber perdido esa amistad, me duele haber hablado tan mal de ella después de todo lo que pasó, me duele que todo se apagó de repente y nisiquiera tuvimos un adiós o por lo menos una pelea que acabara todo, me duele porque creo que tal vez ella no sabe lo importante que fue para mí y lo mucho que influyó en mi vida si se basa en las acciones que tomé. No fue fácil desechar esa amistad así como así, hasta mi propio cerebro se resintió de eso. Pero lo hecho, hecho está, ella está muy lejos de mí y seguramente nunca más en nuestras vidas nos volvamos ver. Quedamos así, interrumpidas.

Ahora quiero hablarles de algo que me ha hecho muchísimo daño y con lo que he querido hacer daño: la envidia. Dudo mucho que alguien pueda sentir envidia hacia mí porque yo no tengo demasiadas cualidades envidiables, justamente por eso siempre la que he envidiado soy yo. Me cuesta mucho aceptar esto porque creo que es algo que en realidad nadie quiere admitir, pero es humano y es real. A muchas mujeres he envidiado en mi vida, por ser más bonitas, por estar con la persona que me gusta, por adaptarse a los cánones de belleza mejor que yo, por adelgazar mientras yo no podía, por tener más seguidores en twitter y toda una serie de razones que en este momento me parecen simplemente estúpidas, eran envidias pasajeras que no llegaban a nada y se morían al recostarme en la almohada.

Pero hay un tipo de envidia que si me ha envenenado muchísimo y me ha hecho una peor persona: la envidia hacia las artistas femeninas, específicamente las nacionales. He pecado de envidiar a la mayoría de las artistas nacionales que veo que obtienen atención, una atención que ahora sé que es muy merecida, pero en esos momentos me daban rabietas interminables super argumentadas sobre por qué me tenían que prestar atención A MÍ y a ellas no, como si yo quisiera ser la amiga cool que todos adoran porque sí y por ese simple hecho el foco siempre debía estar en mí, aunque yo no estuviera haciendo nada. No estoy segura pero creo que esto debe ser algo de lo que muchos artistas sufren o sino yo simplemente soy un pedazo de mierda de persona. Así, me tomé la tarea de basurear y desprestigiar con argumentos idiotas a cada artista que iba saliendo: Laura Guevara por ser demasiado bella, La Santa Bandida por ser demasiado sexy, Linda Sjoquist por ser demasiado intelectual, Claudia Lizardo de la Pequeña Revancha por ser demasiado sutil, Nana Cadavieco por ser demasiado rockera, y así una larga lista de artistas y razones más. En realidad ninguna de estas cosas eran cualidades negativas, todo lo contrario, pero yo buscaba la manera de transfigurarlo en mi cabeza para que lo fueran, porque yo SÍ era la artista real, humilde, auténtica, la amiga de todos. Obviamente esto era una gran mentira, era una manera de no aceptar la realidad de que hay mujeres increíblemente creativas y talentosas haciendo sus carreras a la par de mí, la hija única consentida quiere ser la mejor siempre.

Las rivalidades entre artistas producen mucho interés, incluso mucho dinero para los medios que se nutren de ellas, no es raro ver a periodistas cultivando estas ideas para hacer una novela donde ellos salen ganando, la gente satisface su morbo, y las artistas terminan odiándose entre sí. Todo esto es increíblemente inútil y estúpido.

Llegó un momento en que hice click en mi cabeza y me di cuenta toda la basura espiritual de la que me estaba alimentando por pensar y ser así. Desde entonces he tratado de lidiar de una manera más madura con estos pensamientos, dándome cuenta de lo evidente: todo eso que envidio de ellas son cosas que yo no soy pero que una parte de mí quiere ser, porque siempre queremos ser alguien más. Es difícil, pero diariamente trato de querer ser yo. También con el tiempo me he ido desligando de la idea de ser exitosa con la música, más bien trato de ser muy fiel a mí misma y conseguir la manera de poder sobrevivir de otras maneras. Me he olvidado de las ilusiones y palmadas en la espalda que me decían «sí se puede ser auténtica Y exitosa al mismo tiempo», y ojo, no digo que no se pueda, muchas son la prueba viviente de esto, pero no quiero vivir ilusionada con algo que tal vez nunca va a pasar tomando en cuenta que mi historial no se presta para pensarlo. No lo digo derrotada, lo digo con la tranquilidad que deshacerme de esos deseos me brinda. Todo esto me ha ayudado arrancar las raíces de esa envidia destructiva y convertirla en admiración y respeto a todas ellas, donde no cabe el impulso egoísta que da la competición. Esta es una de las cosas que quise matar junto al proyecto de Loocila.

Y también escribo esto desde el hartazgo; sinceramente qué fastidio eso de «Fulanita está gorda capture del instagram» «Menganita se pintó el pelo y le quedó horrible capture del instagram» «Sultanita se hizo un piercing y no le luce capture del instagram«, yo sé que nos movemos bajo esos códigos pero habría que preguntarnos si eso realmente es necesario y si pudiéramos invertir ese tiempo en cosas más positivas. No digo que dejemos la superficialidad porque si es sabroso aveces mantenerse en esa capa de la realidad donde las cosas sólo tienen la dificultad de la apariencia, pero podríamos hacer una «superficialidad positiva», como «mira qué bella Fulanita en este vestido», «Menganita, siento que este labial te quedaría lindo», creo que esta iniciativa ha iniciado en las redes pero
deberíamos cultivarla también en las relaciones personales en privado, cuando no estamos frente a los ojos del mundo que nos juzga y le damos rienda suelta a lo mierda que podemos llegar a ser, no cuesta nada pararse un momento antes de decir algo y pensar realmente las consecuencias de lo que dices, y esto, créanme, lo he aprendido por las malas.

Me gusta pensar en una realidad donde no tengamos que estarnos echando basura las unas a las otras para sobresaltar sino que entre todas nos hagamos el camino más ameno para avanzar entre mujeres.

La sororidad es una palabra bella, con un concepto más hermoso detrás ¡vamos a cultivarla juntas!.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll Up